sábado, 15 de junio de 2013

Penélope (Génesis, 3 y último)


Mapa que se hizo Nabokov para leer el Ulises de Joyce


Tenía que haber salido hace un cuarto de hora. Si no me doy prisa, no llegaré puntual y si corro, llegaré sudada. Joder. Siempre me pasa lo mismo. No voy a coger un taxi para irme a depilar, menudo negocio, y justo esta semana han cambiado el recorrido de los autobuses. Adivina cuál tengo que coger. Y en cuanto salga de depilarme aún he de hacer unos cuantos recados más. La mañana va a ser larga. No he de olvidarme de comprar los regalos, no puedo plantarme en Granada con las manos vacías. Tal vez un pañuelo, o una colonia… No sé, a ver qué se me ocurre. Suelo salir airosa cuando improviso, igual que en las presentaciones. Se me ha atascado el cuento de Azucena y el cactus. Tengo el personaje, su presente y su profesión, pero no sé cómo unirlo con la ermita de San Benito y el cactus. Es que me meto en cada berenjenal. Y, ése ¿qué mira? Los hay que no se cortan. Jolín, ni que fuera desnuda. Primitivos. El que quiero que me mire, ni se entera de que existo. Así va esto, como los relatos, unos salen rápido, nada más abrir el Word ya tienes medio cuento en la cabeza, y otros… Me he empeñado en poner el cactus y, aunque aparece en la foto de la ermita, no hay manera de ligarlo con la protagonista. No he de obcecarme, al final salen, pocos se resisten, sólo he de olvidarme conscientemente del tema. Ahora hablaba de relatos, no de hombres. Mira, un escaparate lleno de cámaras de fotos, de objetivos, de álbumes… Sí, que ella será fotógrafa lo tengo claro. ¿Qué hace un fotógrafo? Fotos, obvio. Así que Azucena se encuentra en la ermita de San Benito en Monegrillo para tomar fotos. ¿De qué? ¿De la vegetación? Allí entraría el cactus… No, irá a hacer un reportaje sobre la romería. Vale, y entonces sacará fotos de la gente. Bien, ¿qué más? Gente que sale en las fotos… Poco original. A ver si cojo el semáforo en verde.

—He estado a punto de anularte la cita.
El padre de Ana se está muriendo y ella se pasa la sesión pendiente del teléfono. 87 años, un cáncer y un ictus superados, más los achaques que la vida va regalando.  Parece que ya se ha cansado de seguir luchando. Pobre. O afortunado. Hace una semana murió el tío Paco. Los mismos años, con cáncer de piel. El hermano mayor de mi padre. ¿Cuántos años tiene mi padre? 81. Él no ha sufrido ninguna enfermedad importante, bueno, excepto la operación de la prótesis de rodilla. No lo quiero ni pensar. Qué triste estaba en el entierro de su hermano. Es el primero, empieza la rueda, exclamó en el tanatorio. ¡Ay! Eso ha dolido.
—Lo siento. ¡Sí que te he hecho daño!
—No pasa nada. ¿Tienes un pañuelo?
Siempre se me olvida coger un pañuelo antes de subirme a la camilla. Es primavera, la alergia me juega malas pasadas. Aunque ahora no ha sido la alergia. No lo quiero ni pensar. Mejor vuelvo al cuento. Ahora ya no me concentro, jolín, puñetera muerte. A ver, fotos, gente, romerías, funerales… Bueno, un muerto, tampoco es original. Vale, fotografía a un muerto. Algo habrá que añadirle para que la cosa no resulte tan manida. ¡Ay!

Menos mal que me he puesto calzado cómodo, hoy daré la vuelta a Lleida. Ahora a la editorial, a recoger el borrador. Tuve mucha suerte con mi primer libro, el segundo va a ser más complicado. He de pensar si realmente quiero sacarlo, no estoy convencida. No tengo ganas de presentaciones, de obligar a los amigos y conocidos que acudan y compren un librito que no les va a aportar nada. Nada en absoluto. Hay mucho de arrogancia, de egocentrismo en el querer que te lean. ¿Para qué? ¿Acaso llega al lector algo de lo que escribo? ¿Es importante lo que cuento, transcendental? Al menos, ¿pasan un buen rato? Estoy cansada. He de reconocer que últimamente me canso pronto de todo, que miro mucho dónde y cómo gasto mis energías. Y ¿Beatriz? ¿Qué haré con ella? ¿La publicarán o es un libro tan raro que no verá la luz nunca? Casi mejor. Tal vez, si se publicara, tendría que dar demasiadas explicaciones. Qué tontería. No tengo que dar ninguna explicación. Habría quien lo entendiera y quien no. Y ni siquiera sería significativo que alguien lo entendiera. Entonces ¿para qué escribo? Han dejado bonita esta zona, soterrar la vía del tren fue una buena idea. Han dado nueva vida al barrio, lo han unido con el resto de la ciudad.  Anda que no ha cambiado Lleida en 20 años. Es completamente diferente de cuando llegué. Me alegra comprobar que soy capaz de conjugar en primera persona del singular, por fin. Cuántas cosas han cambiado.

El olor a libro, a tinta siempre me ha gustado. Es el olor a letra. Esta mujer es muy amable, tanto por teléfono como en persona. Atiende muy bien. Tiene pinta de llevar muchos años en la editorial. ¿Cuánto cobrará? Seguro que no mucho y encima tiene horario partido.
— ¿Quieres que llame a Ramón?—me dice solícita Isabel, creo que así se llama.
—No, no hace falta. Gracias. Adiós.
Ramón ya me ha dicho todo lo que tenía que decirme. Tal vez fui yo la que no le dije todo lo que debía, pero no vale la pena. No iba a conseguir cambiar el resultado. Pensé que iba a encajar peor el no, a veces me asombro de mis propias reacciones: esta negativa me ha hecho sentir aliviada. Sí, casi no me importa. Creo que me va a beneficiar. Otras puertas se abrirán y probablemente mejores. Entonces ¿quieres publicar o no? Tampoco he de decidirlo ahora. Me olvidaré del tema por unos días. Irme a Granada me irá de maravilla. Me despejará. Me hará sentir lejos de mi cotidianidad. Es un encuentro que ha sido postergado mucho tiempo. Demasiado. Pero la vida no deja cabos sueltos, no, no los deja. En este caso, dichosamente. A ver si en aquella tienda de complementos hay algo que me guste. Luego, espero llegar a la de inciensos antes de que cierre. Eso también puede servir como regalo y un poco más original. El cuento no me va a salir muy original, algo he de añadir que le dé un toque diferente. Creo que el título lo he de cambiar, Azucena y el cactus ya no pega, aunque los dos salgan en el mismo. Va, relájate. Ahora ya tienes una trama, sólo has de tirar del hilo, seguro que en cuanto me meta en la historia la acabo en una sentada.

Me encanta este establecimiento y el olor. El ambientador ¿también está dictado por la franquicia? He de observar si el Zara de Zaragoza huele de la misma manera que el de Lleida. Hace días que no visito la capital maña. Echo de menos los paseos por Alfonso y la plaza del Pilar, los amigos. El talante maño. He de acabar el cuento antes de irme, que si no Pilar me cuelga bocabajo. Ella ya ha acabado el suyo.  Lo de ir escribiendo cada mes un cuento es una manera de mantenerse ágil mentalmente, de prevenir el alzhéimer y además no perdemos la costumbre de enfrentarnos al folio, bueno, a la pantalla en blanco. Qué pulseras más bonitas. No salen caras. ¿Dónde están hechas? Espero que no ponga Made in India. ¿Las habrán hecho niños en condiciones míseras? ¿Hago bien en no comprarla? ¿Es tan sencillo? Tenemos más información que nunca y aun así carecemos de la seguridad de si la información es veraz. Al final va a ser lo mismo tener un exceso de información que no tener ninguna. Todo son dudas. Este pañuelo verde me gusta mucho. ¿Miro dónde está hecho o no? Jolín, qué difícil. Made in Spain. Bueno, he de suponer que aquí no hay esclavitud, al menos, todavía. Lo compro. Ya tengo un regalo para la madre de Javier. Espero que le guste. Qué ganas de ir a Granada. Hace 30 años que estuve en el viaje de estudios de 8º de EGB y mis recuerdos son borrosos. Cogimos tal cogorza la noche anterior de visitar la Alhambra que las compañeras que dormimos en la misma habitación no despertamos y nos perdimos la visita. Yo decidí ir a verla por la tarde, aunque me saltara el resto de la planificación del día. Pero no recuerdo nada, creo que había obras y no pude ver el Patio de los Leones y el barrio del Albaicín no me pareció nada especial. La tarde estaba tan nublada como mi recuerdo. Estaba escrito que yo debía descubrir la Alhambra en otro viaje. Éste será el viaje y sus recuerdos, dentro de 30 años, serán mucho más nítidos y hermosos.

Al final me he gastado una pasta, pero necesitaba comprarme algo de ropa. Que también me lo merezco. Tanto controlar el dinero me tiene frita. Llegar a final de mes es una odisea. Me dan ganas de buscar otro trabajo, pero ¿de qué? Desde luego, de escritora va a ser que no. También me entran ganas de irme de este contaminado país, pero mi conocimiento de lenguas es patético: castellano, catalán, un poquito de inglés y un poquito de francés. ¿A dónde voy con eso? Supongo que un par de meses en el extranjero son suficientes para, por lo menos, entender y defenderse en un idioma foráneo. No sé si sería capaz de conseguirlo, lo de hablar otro idioma y lo de buscarme la vida fuera de España, me refiero. A la fuerza ahorcan. Hora. Me he entretenido mucho en Natura, ahora he de apresurarme si quiero llegar a la tienda de inciensos. Calle la Palma, arriba y en cinco minutos estoy.

Araceli. Altar del cielo. Le va el nombre, sin duda, ella está vinculada con el cielo. Se crean o no en estas cosas, hay que reconocer que existe gente con un sexto sentido, con una conexión especial que sólo algunas personas poseen. Me explica qué inciensos les pueden ir mejor a Javier y a su madre. Luego, me aconseja unos para mí. Que estoy cerrada, que me abra al amor porque no me lo creo, porque no tengo confianza en mí misma, que lo tengo cerca, muy cerca, que estoy en el final del proceso, pero que aún me falta.  Suspiro de incredulidad y Araceli lo capta al vuelo. Intentaré no ser tan negativa. Me visualizo dentro de una pirámide verde, verde para la protección. A mis hijas, las meto dentro también. El incienso no hace daño y huele de maravilla. Hala, otros tantos euros. Y aún no he terminado: ahora toca ir al Carrefour a llenar la nevera y la despensa para que mis hijas tengan qué comer los días que voy a estar fuera.  Puto dinero. Me duelen los pies.

Siempre termino llenando el carro. No sé cómo voy a poder subir todo esto yo sola. Que me la suban. Menos mal que no he olvidado coger las bolsas. Hay que reciclar. En casa las tres hemos adquirido esa costumbre, aunque reconozco que supone un cambio de mentalización y un esfuerzo, sobre todo con un piso pequeño. Espero que lo haga mucha más gente, si no, no servirá de nada. Chicles, no, que aún me quedan. Al final, hasta he cogido unas golosinas para la perrita de Javier. Sería genial que no me diera la alergia. Ya veremos. Creo que he comprado suficiente. Son sólo cinco días y ellas ya son mayores, pero quiero dejarlas surtidas, que no tengan que ir a comprar. Les dejaré dinero en el joyero, por si acaso. Por si acaso, por si acaso… Como si se pudieran controlar los imprevistos. Por algo son imprevistos: porque no se pueden prever. Tremendo el espacio vital que ocupa el tío. Madre mía. Un brazo suyo son tres míos. Lleno de tatuajes. ¿Qué les verán a los tatuajes? Debo ser muy antigua o será por deformación profesional, pero qué poco me gustan. Lleva tatuada hasta la cabeza, se le ven los símbolos étnicos debajo del pelo tan corto. Piercings, anillos, pulseras de cuero, gafas oscuras, camiseta negra con dibujo de algún grupo musical que desconozco. Full equip. ¿Heavy? En mis tiempos sería heavy, ahora ya no lo sé. Sólo me falta subir las cervezas a la cinta de la caja, a ver si puedo y no me rompo ninguna uña en el intento. Joder, ahora se me rompe el plástico.

— ¿Te ayudo?
Pues para la pinta que tiene, su voz es agradable. ¡Coño! Ha cogido el pack de veintiocho cervezas con una sola mano, la otra la tiene ocupada con su compra, y las ha puesto sobre la cinta como si levantara un quilo de arroz. Hay que joderse, que me ha excitado el hombretón. Casi no he sido capaz de darle las gracias. Menos mal que las gracias no salen de las bragas. Qué tontería llevo encima. Voy a dejar de mirarlo y a concentrarme en pagar a la cajera. Ahora hasta me parece menos feo. Mira, de esto puedo sacar un cuento. Un pelín subido de tono. Concéntrate, que te está hablando la cajera. Sí, sí, tengo ascensor y la dirección es correcta. A ver si el tiarrón se queda con la dirección y me hace una visita con la excusa de subirme la compra… Para el cuento que va. La cajera debe flipar: me estoy riendo sola.  En fin, dejemos de elucubrar situaciones hipotéticas. Pero ¿cuántas bolsas llevo? ¡Por dios!  En cuanto llegue a casa, lo primero que haré será abrirme una cerveza bien fría para calmar el calor y la sed. Es el mejor de los placeres, lo mejor de la mañana.


© Anabel

sábado, 1 de junio de 2013

28 latas de cerveza (Génesis, 2)



Allí mismo, delante del mostrador y de la cajera insidiosa, Mariona empezó a pensar que se había puesto demasiada ropa. La temperatura en la sucursal bancaria era muy alta y la falta de transpiración estaba haciendo de las suyas debajo de la chaqueta de imitación a cuero. Cuando ella y sus recibos lograron alcanzar juntos la calle, la brisa, aún matutina, la refrescó. La siguiente parada era Hacienda, donde tenía cita para que le hicieran la declaración si sobrevivía a una cola de gente que parecía arrastrar toda la grisura del momento presente. Se quitó la asfixiante cazadora y dejó que ese indiferente calor humano impregnara la blusa y se mezclara con su propio sudor. Es evidente que los funcionarios no aprueban la oposición según su simpatía, pero los hay que parecen haberla aprobado por el nivel de indiferencia que dispensan a los usuarios. Se le ocurre a Mariona que la funcionaria en cuestión aún pone demasiada buena cara para los diversos y variados olores que ha de soportar. Así que decide, antes de que le toque el turno, ir al baño a pasarse una toallita de colonia por las axilas y el escote. Que no sea ella la que contribuya a un malestar que no le va a beneficiar en absoluto. Tras un intercambio de información seco y eficiente, Mariona sale a la calle con la declaración de la renta ya hecha. Medianamente satisfecha por la faena realizada, pensó que podía regalarse un momento dulce dando una vuelta por el Abacus. Fue directa a la sección de poesía y miró golosa diferentes volúmenes, ojeó a Vicente Gallego, a García Montero, y caviló qué extrañas fuerzas de la naturaleza pueden unir en pareja a dos figuras de la literatura española actual. Acarició las guías de viajes, especialmente una sembrada de estupendas fotografías de los fiordos noruegos, con la esperanza de que le invadiera un poco del frío y de la calma que aquellas instantáneas inspiraban. El fin de mes no daba para más lujos. Y, como colofón a semejante mañana, al supermercado, que algo tendría que poner sobre la mesa si no quería una rebelión a bordo.

En el supermercado Mariona pensó en quitarse la cazadora, pero pensó que sería para un momento y llevarla en la mano le estorbaría más que si la mantenía puesta. Sabía que, aunque llenara el carro en pocos minutos, tardaría mucho más esperando en la cola para pagar. La una y media de la tarde debía ser la hora punta de las cajeras porque el número de las que estaban abiertas era inversamente proporcional a la longitud de las filas. El calor volvía a hacerse sentir pegajosa, pero aguantaría hasta llegar a casa sin despojarse de la chaqueta. Notó una muralla de aire caliente detrás de ella. Era un hombre de unos treinta años al que le sobraban al menos veinte kilos, ataviado con unos pantalones anchos tobilleros y una camiseta negra con una estampación que parecía el logotipo de algún grupo de heavy metal. Los antebrazos, tatuados, incluso su cabeza, rasurada al uno, lucía dibujos de símbolos étnicos tan de moda, sin olvidar los peircings que dotaban a sus orejas de un aspecto muy pesado. Llevaba la compra, de varios bultos, sostenida con el antebrazo y apoyada en su incipiente barriga. Le pareció un hombre que ocupaba demasiado espacio vital y al que no le hubiera gustado encontrarse en plena noche en un callejón sin salida. En un intento vano de avanzar, subió, en cuanto le dejó el cliente de delante, la compra a la cinta transportadora de la caja. El pack de veintiocho cervezas, cogiendo veinticuatro regalaban cuatro, se le resistía y le estaba haciendo transpirar de nuevo: casi se rompe una uña y el plástico se estaba rajando.

− ¿Quieres que te ayude?

A Mariona le pareció imposible que esa voz profunda, con ciertos ecos de madera de cerezo, proviniera del espécimen que tenía justo detrás de ella. No le dio tiempo a contestar la pregunta retórica cuando el hombretón cogió el pack de veintiocho cervezas con su mano izquierda y, como si de un paquete de un kilo de arroz se tratara, lo colocó lentamente sobre la cinta. En milésimas de segundo, el hombrón se había transformado en un macho imponente: su ademán grosero era ahora una fuerza poderosa de la naturaleza; su gordura, sinónimo de grandeza; su fealdad se había convertido en singularidad; los ojos parecían haberle crecido, así como su brillo; las manos prometían viajes por aguas turbulentas; sus piercings y tatuajes simbolizaban el poder de la tribu a la que pertenecía y la pantorrilla peluda era una muestra de la hombría que esa indumentaria escondía. Mariona notó que su sudor ya no solo emanaba de las axilas, lo notó discurriendo entre los pechos y empapando las bragas. Su mente, irremediablemente, la transportó.

El gran hombre le subiría la compra a casa.

− ¿Dónde quiere que se la ponga?

Y Mariona le indicaría la cocina, donde él diligentemente la dejaría y, acto seguido, le entregaría el ticket. Ella se acercaría a coger el pedazo de papel pero, sin poderse reprimir, le asiría la mano y la pondría sobre su pecho izquierdo, el cual quedaría absolutamente cubierto. Podría sentir sus latidos rebotando en la palma de su mano. Con un gesto increíblemente elegante, él la acercaría hacia sí y la besaría en la boca profundamente, en una conjunción perfecta entre el gusto metálico del piercing y la saliva. Huérfano el pecho, agarraría con ímpetu las nalgas de una Mariona ya absolutamente entregada y, en un arrebato tan refinado como los movimientos que habría hecho hasta el momento, la sentaría en la mesa de la cocina, apartando de un manotazo lo que estuviera sobre la misma. Metería las manos entre las piernas de Mariona, le arrancaría las bragas mojadas e investigaría los recovecos de su cueva expectante. Mariona le quitaría, torpemente, la camiseta y deleitaría la vista en unos simétricos pectorales cubiertos de un negro vello salpicado de brillos rojos que surgirían de los tatuajes. Olería a barro de bosque. Le desabrocharía los pantalones y su miembro se abriría camino distinguidamente para mostrarse orgulloso y magnífico entre las piernas de Mariona. Desearía lamerlo, desearía conocer el sabor de las raíces de los árboles más robustos, de la gelatina que surge de los reyes de las tribus, de la dureza elástica del tótem del altar.

− ¡Señora, señora! ¿Oiga, señora, es una compra a domicilio?

Mariona aterrizó de sopetón en el supermercado, el sudor había impregnado totalmente la ropa. Se había ruborizado porque en su embeleso no había sido capaz ni de darle las gracias al gigante, ni de reaccionar a la pregunta de la cajera. Se quitó la cazadora, no podía soportarla por más tiempo.  La blusa blanca se le había adherido completamente a la piel y exponía a la luz, como un entrometido paparazzi, las formas turgentes y excitadas de los pezones. Una gota de sudor se quedó atascada en el escote y refulgió en los ojos del rey de los bosques, quien poblaría los sueños húmedos de Mariona durante bastantes meses.

© Anabel

domingo, 14 de abril de 2013

¡Mira al pajarico! (Génesis, 1)


Ermita de San Benito en Monegrillos. Foto de Fernando Glez. Seral



Los que creen en los chakras aseguran que tenemos un tercer ojo en el entrecejo. Es la puerta al alma y, a la vez, a los mundos sutiles. Con la meditación, cualquiera puede ejercitarlo y llegar a otros niveles de conocimiento, de intuición e incluso de clarividencia. Para Azucena el tercer ojo es su cámara. A través de ella ve el mundo más bello, más artístico. Esa pequeña ventana digital le muestra un universo mucho mejor que el que ella vislumbra con sus órganos visuales. Puede aumentarlo o disminuirlo, cambiarle la resolución, el punto de mira, el color y el brillo… Su tercer ojo le proporciona la posibilidad de recrear el mundo, de erigir uno a su manera. Cuando a Azucena le persigue un problema coge su inseparable cámara y mira a través de ella. Tarde o temprano la respuesta aparece  atrapada entre las lentes como la luz.
Azucena tiene un estudio fotográfico en Huesca y colabora en el periódico local. Su excelente calidad como retratista fue lo que le ayudó a conseguir ese puesto.  Ella es el Goya de la fotografía en lo referente a los retratos. Más de un político se ha sentido ofendido al verse a través de los objetivos de la cámara de Azucena, pero ella no tiene la culpa de ser capaz de atrapar el alma de aquellos que se ponen delante de su tercer ojo. Está de acuerdo con la teoría los indios, por eso evita ser fotografiada y, por ello mismo, le fascina retratar a los demás. Tiene una extensa colección de rostros que atesora en sus archivos con vistas a una futura exposición.
El periódico le encargó que hiciera un reportaje de la romería de San Benito en Monegrillo para una sección que habían inaugurado ese mismo año que trataba sobre las romerías de la provincia. A Azucena le gusta especialmente retratar al natural, fuera del estudio, donde se puede captar a la gente en su entorno, libres de poses convencionalistas y sonrisas ensayadas delante del espejo, seguros dentro de su cotidianidad, ajenos a que alguien pueda perder su tiempo en cazarlos dentro de un recuadro brillante. Así que, después de realizar las fotos para el periódico, se dedicó a buscar retratos para su colección.

En los eventos religiosos, Azucena obtenía estupendas instantáneas. La mezcla de fe, proselitismo y grupo aderezada con la posterior lifara, no desprovista de alcohol, regalaba a sus lentes un escenario orgiástico. Entusiasmada en su tarea, perdió la noción del tiempo y sólo cuando sintió una punzada en los riñones, se dio cuenta de que debía tomarse un descanso. Se acercó al grupo de la cofradía donde la invitaron a que se refrescara y comiera con ellos. Una vez repuesta, revisó las fotos que había tomado. Algunas las borró inmediatamente y, aunque aún quedaba una buena tría por hacer, se sentía bastante satisfecha con el material que había conseguido. Se detuvo en una donde, para variar, salía un paisaje: era una imagen del cactus enorme que había a la derecha del camino antes de la ermita. Prefería fotografiar rostros, pero de vez en cuando, sacaba algún panorama, algún marco espacial que le llamara la atención y aquel enorme y deslucido cactus, indicando la llegada a la ermita, avisando de que la única agua que se iba a encontrar cerca era agua bendita le había llamado poderosamente la atención. Quizá su piel ajada, agrietada por el despiadado clima de Los Monegros; quizá su aspecto frágil a pesar de sus espinas, de valiente venido a menos, de agricultor tostado bajo los rayos del sol, le hiciera ver en él algo más que un vegetal. Pensó en los rostros de los habitantes del pequeño pueblo: si sus retratos habrían sido capaces de plasmar tanta profundidad, tanta vida y si algunos objetos podían trasmitir mucho más con su simbolismo que la misma carne.
Al día siguiente, Azucena se dispuso a elegir las fotos del reportaje y los retratos para su colección. 158 instantáneas le parecieron pocas, solía darle al dedo con mucha rapidez, pero el 25 de abril había hecho demasiado calor para una estación que se consideraba de entretiempo y el cansancio había hecho mella más de lo que imaginó. Decididas las del periódico, se dispuso a escoger las de la gente. Le parecieron unas imágenes estupendas, llenas de luz y contrastes, de miradas perdidas, de emociones recogidas tras un pañuelo, de fervor sincero, de alegría sin freno,  de connotaciones en una gama de colores reducida sólo alterada, de tanto en tanto, por la decoración floral de la peana de San Benito, la casulla del cura o la escasa vegetación silvestre. Una en concreto le abstrajo durante unos instantes. Era la de un hombre de unos 55 ó 60 años, con traje y corbata negros sobre una camisa blanca, tan blanca que resaltaba sobremanera a pesar de no verse completa. El hombre estaba solo y apoyado en la puerta de la ermita, como esperando que acabara la misa; del oscuro hueco de la puerta sólo se distinguían puntos de luz de las velas que brillaban tanto como la camisa del hombre. En una pose un tanto forzada, el señor se había girado sobre su derecha como si supiera que Azucena le fuera a retratar. Y le sonreía a ella, no a la cámara, parecía que la conociese. Aumentó la foto en su ordenador lo que le permitió observar que el traje era de corte anticuado, pero estaba nuevo. La sonrisa era espontánea, carecía de la espera forzada hasta que se oye el clic de la cámara; era la respuesta a una llamada de alguien que sabe quién lo reclama. Tenía pocas arrugas, muy marcadas, señales de una vida dura, pero no exenta de alegría; parecía un hombre corpulento, fuerte, de pelo oscuro, casi sin canas, engominado y peinado hacia atrás. Su expresión era de tranquilidad, de saber dónde se está y por qué, seguro sobre sus zapatos polvorientos y lleno de alegría al ver a Azucena. Porque sabía que era Azucena. Se percató de que su mano derecha estaba un poco borrosa al haberse movido justo en el momento de la toma, aun así, logró ver que el dedo índice señalaba hacia un punto alejado de él, más cerca de Azucena, en su lado derecho. ¿Hacia el cactus?

Pasó la semana sin que Azucena pudiera quitarse de la cabeza la imagen de aquel hombre. Soñaba con él, con su sonrisa y su dedo índice señalando al cactus el cual se hacía grande, tan grande que asustaba. Decidió que iría a Monegrillo a averiguar quién era ese hombre. Habló con el cofrade mayor, con el dueño del bar y los clientes, con el alcalde y con cuantos vecinos se topó por las calles y caminos de alrededor. Nadie lo conocía. Hasta que se acercó a la plaza mayor, a un corro de cuatro abuelas sentadas que tomaban el sol mientras hacían calceta o zurcían. Una de ellas, tras ponerse las gafas, espetó:
—Es Julián García Jimeno.
— ¡Quita! ¿Cómo va a ser “el Pajarico”, Gregoria?
—Mira, Juana, que tengo muchos años y muchos achaques, pero la cabeza la tengo perfecta. Este es “el Pajarico”.
Las abuelas se pasaron la foto y las gafas para llegar, al final, a la misma conclusión: era “el Pajarico”. Julián García Jimeno era el Pajarico desde que llegara un día al pueblo con una cámara de fotos que había comprado en la farmacia Compairé en Huesca y se dedicara a hacer retratos a los vecinos en los festejos y eventos de la comarca de Los Monegros. Siempre les pedía que miraran al pajarico, yo eso nunca lo entendí, apuntó Gregoria, y de ahí el mote. Lo escalofriante del caso era que a Julián García lo mataron hacía ya 60 años.
—Eso no puede ser —exclamó Azucena—. A este hombre lo fotografié en la ermita de San Benito el pasado 25 de abril.
—Recuerdo que me hizo una foto justo en la romería de San Benito, pero de eso hace “muchismos” años, ya te lo puedes imaginar. Sí, hija, sí, a mi Roberto, que en paz descanse, y a mí. Empezábamos a festejar.
Las mujeres comenzaron a sacar historias de entre sus memorias, con serenidad, sin extrañarles la circunstancia que se estaba dando.
—Señoras, que no puede ser un muerto, que lo fotografié hace unos días…
Una de ellas se puso la mano en la barbilla y dijo muy despacio, rescatando los recuerdos:
— ¿Os acordáis cómo murió?— y las otras callaron de golpe.
—Lo mató su primo Blas. Decía que Julián tenía la linde un metro y medio en sus tierras y que o la corría o le descerrajaba un tiro en toda la tripa. Y así lo hizo.
—Es verdad —apostilló, Juana—. Y en una romería, cuando Julián volvía al pueblo con su cámara de fotos colgada del cuello, Blas le metió un tiro, cerca de la ermita, donde el cactus ese tan grande.
—Justo —concluyó Gregoria.
Y le devolvieron la foto a Azucena para proseguir con sus labores y pláticas.

Azucena se pasó unos minutos mirando alternativamente a la foto y a las mujerucas, pero no le iban a dar ninguna respuesta más. Casi sin pensar, inconscientemente, tomó el camino hacia la ermita de San Benito. Hacía mucho calor y el polvo le estaba ensuciando las sandalias. Llegó donde el cactus y se quedó parada, esperando que le hablara, que le aclarara el entuerto, que le diera alguna explicación. Pero nada sucedía. Cogió su cámara y empezó a fotografiarlo desde todos los ángulos, desde cualquier lado, colocó la cámara entre sus hojas carnosas y viejas, debajo, en su centro… Se acercó a la ermita y sacó algunas tomas de la construcción. Acarició el marco de piedra donde Julián se apoyaba y recordó la mirada cómplice. Azucena regresó al pueblo, donde había dejado su coche, con la cámara colgada al cuello.
Evitó mirar las fotos hasta no llegar al estudio y pasarlas al ordenador. Pausadamente, y no sin algo de aprensión, comenzó a visionarlas. El cactus era un modelo disciplinado, en ninguna toma había salido movido. En ellas se podía apreciar perfectamente la textura de sus hojas, las diferentes tonalidades de verde, las heridas abiertas supurando un líquido blanquecino, las espinas largas, gruesas… Y en una de ellas, la nítida sombra de un pajarito proyectada sobre una de las carnosas hojas. Repasó varias veces todas las fotos del cactus, pero en ninguna encontró el pájaro, ni recordaba que hubiera ninguno sobre él mientras lo fotografió. Volvió sobre la foto de la sombra y pudo comprobar que no era su imaginación: aquella era realmente la sombra de un pajarito. Pensó un tanto ansiosa que, en las otras imágenes de la ermita, a lo mejor, Julián podía aparecer con la cámara en sus manos, haciéndole un guiño de colega a colega. Pero sólo salieron las piedras, la puerta, la ermita. Azucena, sonrió a pesar de sentir cierta desilusión.

Años después, Azucena inauguró la exposición titulada “¡Mira al pajarico!” y las dos fotos que la abrieron fueron la de Julián García Jimeno y la de la sombra del pajarito sobre el viejo cactus de la ermita de San Benito.

© Anabel

jueves, 4 de abril de 2013

Taxi




Sólo me permito llorar en los taxis
alejada de las miradas que no reboten en un retrovisor,
iluminada por reflejos de una luz cernida
a través de cristales manchados de vapores
o, tal vez, de otras lágrimas fugitivas.
Confesonario donde una nuca ciega escucha
la dirección de tus pecados
y la penitencia la marcan los metros recorridos.
Tropiezo con las arrugas de la tapicería de escay,
cielo del revés con nubarrones,
y pienso si seré capaz de terminar Ulises.
El manido volante imita a las manecillas incansables:
mi vida, por unos instantes, se ha posado en su girar.
El portazo, irremisiblemente, me devuelve
al principio o al final de esta carrera.

© Anabel

viernes, 29 de marzo de 2013

El precio justo





Ya he estado allí,
en el ascensor donde mi vecino me tiraba de las coletas,
de donde no podía escaparme hasta que la puerta del sexto se abriera.
A tus zarpas les han limado las uñas el tiempo y la razón.
Tal vez sea el güisqui que me hace ser barroca como a Matute,
pero ya no me asustas, soy capaz de mirarte a los ojos, gritarte:
“¡no hay huevos!”
y salir corriendo hacia la libertad adolescente,
aunque no llegue al final del callejón,
aunque me encuentre de bruces con tu porra.
Sé lo que quiero y lo que cuesta.
Y estoy dispuesta a pagarlo.
Ahora, me pillas.

© Anabel

martes, 19 de marzo de 2013

Yayo


Como todos los años, llamaron a la puerta, siempre lo hacen cuando mis sobrinas están bien lejos de la entrada, y mi madre fue a abrir asombrándose con grandes alharacas del montón de paquetes que alguien había dejado en el rellano. Paula, de cinco años, ha ido corriendo como una bala, María, que ya tiene ocho, ha sonreído, ha puesto los ojos en blanco y se ha esforzado en contentarnos un año más para que sigamos creyendo que sigue creyendo en los Reyes Magos. Entre todos los paquetes de muchos colores y tamaños, había uno alargado y estrecho en el que ponía Yayo. Él, sentado en una silla, lo ha cogido con cara de resignación preguntándonos a todos “¿qué será?”. Paula enseguida ha ido a su lado y le ha dicho “¡a ver, a ver, yayo, a ver qué es!”. Era un bastón. El resto hemos aplaudido como corresponde tras la rotura de los papeles estampados y los lazos almidonados, pero esa rotura ha sonado muy dentro de mí.

Hay una foto a la que le tengo especial cariño. Yo aparezco rubia, rubia, con el pelito muy corto en brazos de mi padre. Esa niña tiene un año y luce feliz en unos enormes y fuertes brazos que la protegen del mundo, del mundo malo. Hace mucho tiempo que no me sostiene en brazos, hace mucho tiempo que me pegó aquel bofetón cuando me vio bajar del coche de uno de mis novios, hace mucho tiempo que le llevaba verdura del huerto a escondidas a mi hermana a pesar de que mamá se lo había prohibido como castigo por vivir en pecado con su pareja, hace mucho tiempo que no pruebo sus estupendas sardinas de cubo con tomate, hace mucho tiempo que no le digo lo mucho que le quiero.

Este año, los Reyes Magos me han partido el corazón. 

© Anabel

miércoles, 13 de marzo de 2013

Temo




Temo que otro amante se dé cuenta,
que perciba tu almizcle penetrante
y me abandone en la necesidad
de sentir de un hombre el peso
con el que aplastar tu recuerdo.

© Anabel



lunes, 18 de febrero de 2013

Después de ti

Desnudo sobre sábana, Antonio Morano

Después de otros,
me persigue la urgencia de cambiar las sábanas
para borrar pasiones desorganizadas;
o necesito aliviar mis pezones
con la crema diaria y el masaje rutinario.
Después de otros,
mi mundo se expande, soy dueña del aire
y me paseo desnuda por el estrecho pasillo.

Después de ti,
me rebozo en el aroma de tu piel
y mis pulmones reclaman tu humedad.
Soy una reina encerrada en la torre de tu nombre.
Después de ti,
sólo me duele el alma
y aprehendo la acepción más profunda
de la palabra soledad.

© Anabel